domingo, 25 de octubre de 2015
El principio del fin
Los escándalos que salpican los despachos del futbol mundial huelen a principio del fin de un estado de cosas que durante años mangoneó a sus anchas en las generosas arcas del negocio de las patadas. Ya nadie se salva de la quema. La caza de brujos y corruptos crece como la espuma. FIFA, UEFA, Conmebol, Concacaf y una larga lista de federaciones y directivos van engrosando la lista maldita. Se paseaban, son puros hombres hasta ahora, cual señores de horca y cuchillo por todo el mundo, amparados siempre en las reglas que ellos se hacían cual trajes a medida.
Así hasta que el hedor lo invadió todo. Viene ahora -parafraseando al clásico- la rebelión de los necios. No fue necesaria conjura alguna. La rabia y la frustración ya no se aguantan y el invento saltó por los aires llevándose por delante apellidos tan de alcurnia futbolera como Blatter, Platini, Villar y Beckenbauer, por nombrar nada más a esa particular burguesía europea.
En América Latina tenemos medio asumido que somos la capital mundial de la corrupción y de las malas costumbres. Esa historia negra ya es compartida, para bien o para mal, por esos señores europeos que siempre nos miran feo amparados en el odioso dicho de "son repúblicas bananeras". Bananeros sí somos, tanto que exportamos esa rica fruta a todo el mundo, pero nuestras repúblicas no son menos que las suyas. Se dan baños de pureza y llenan sus bocas con el manido dicho de "nosotros los demócratas" mientras extienden sus largos brazos para llenarse los bolsillos con un dinero que no les pertenece.
Autoritarios al más viejo y clásico estilo dictatorial, se permiten el lujo de multar a los equipos cuyas aficiones se atreven a mostrar banderas nacionalistas, no oficialistas, como el fresco caso del Barcelona. Esas anacrónicas organizaciones se meten en casas ajenas para dictar lo políticamente correcto. Tan legítima es la bandera catalana como la española, la vasca o la asturiana. Pero no. Esos señores se atreven a tomar medidas que ni los gobiernos soñarían por más tentaciones que tengan.
¿Alguien en su sano juicio cree que en el próximo partido del Barcelona en la Champions el Nou Camp no va a llenarse de banderas catalanas? ¿Y qué hará entonces la UEFA del imputado Platini? ¿Expulsará a los culés del Santo Sanedrín futbolero europeo? ¿Meterá en la cárcel a directivos y aficionados por atreverse a desafiar sus anacrónicos dictados?
Y a todo esto, el gobierno del derechista cada vez menos popular Mariano Rajoy no ha abierto la boca ante tamaña injerencia en los asuntos internos de un Estado que se presume soberano. Conociendo el percal tal omisión no sorprende mucho. Es más: en el Palacio de la Moncloa estarían felices si esos viejos decrépitos de la UEFA suspendieran de por vida al Barcelona. Un problema menos y con bajo costo electoral porque la decisión se tomaría en Suiza.
Ese anquilosado mundo de conjuras, componendas y traiciones comenzó a resquebrajarse cual Muro de Berlín. Y nada ni nadie podrá frenar la hecatombe que a la postre dará nuevos aires al futbol mundial. Es el principio del fin.