domingo, 14 de febrero de 2016
De Messi a Francisco
Argentinos, gambeteros de equipos argentinos rivales, genios a su modo, terrenales y, por lo mismo, sujetos a los caprichos del viento. Viven cerca el uno del otro: Roma para Francisco, Barcelona para Messi. Son universales, líderes de sus respectivas iglesias, ambas poderosas pero más vieja y anquilosada la de las sotanas y el boato. En el argot argentino se tutearían llamándose "viejo" el uno al otro, instalados cual debe en el ombligo de la confianza y el respeto.
Este domingo el rosarino Lionel hizo una diablura mientras el Papa advertía en Ecatepec, ante una inmensa multitud, que no hay que escuchar al Diablo porque, si lo hacemos, nos convencerá. Pues así es: ver las sinfonías futboleras de Messi aleja a la gente de las iglesias sin que esa sea su intención. Y las distancia porque, lejos de la magia que es capaz de desplegar el futbolista, el discurso de la Iglesia de Roma aburre por previsible y enoja por incongruente.
Messi hace feliz a tirios y troyanos, a moros y cristianos y católicos. Su discurso no se basa en palabras huecas ni en discursos grandielocuentes. A Messi le piden jugar, hacer jugar y marcar goles de otro mundo. Hoy en México al papa Francisco no pocos le pedimos hacer más claros sus compromisos con los temas que lastiman al país, o por lo menos a la mayoría de los mexicanos.
Tibio mensaje a la clase política que, embelesada, abarrotó el patio del Palacio Nacional. Ahí estaban todos y todas, o casi. Una pequeña tropa dispuesta a hacer lo necesario para hacerse la foto con el pálido Pontífice. Mujeres y hombres enarbolando sus celulares para poder decir a sus amistades: "ahí estuve".
Endureció su tono el hincha del San Lorenzo de Almagro cuando se encerró con sus pares entre las cuatro vetustas y hermosas paredes de la Catedral. La mentada de madres fue antológica: parecía Messi disfrazado de Papa, tiempo de carnavales al fin y al cabo.
Por supuesto que a los casposos jerarcas de la Iglesia mexicana las palabras de Francisco les hacen lo que el viento a Juárez. Aferrados a sus lujos y canonjías, solo piensan en vivir a todo tren y nada les importa el ir y venir de su abandonada feligresía. Ecatepec era su gran oportunidad para comenzar a destapar la caja de los truenos pero, a saber las razones, decidió guardar su artillería.
Tiene por delante tres estaciones: San Cristóbal de las Casas, Morelia y Ciudad Juárez. Y dos enormes temas que no ha abordado con la necesaria claridad y crudeza: la pederastia, cuyo odioso icono es el legionario mayor Marcial Maciel, protegido en vida hasta la desesperación por el polaco y gélido Juan Pablo II y, faltaría más, por el cardenal Rivera y su cohorte de encubridores de los pederastas mexicas, y la lacerante y profunda herida de los 43 desaparecidos normalistas de Ayotzinapa.
Francisco debe encarar la portería enemiga con determinación porque nada tiene que perder y sí mucho que ganar. Ahí tiene a Messi de ejemplo, un tipo que no se esconde en los pliegues de sus largos pantalones cortos, un tipo que encara al rival con una sonrisa de Diablo.
Ojalá Francisco sea valiente. La gente de México se lo agradecerá eternamente.
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