miércoles, 30 de marzo de 2016
Putos (4)
Se cumplieron los pronósticos y anoche, en el Estadio Azteca, la mayor parte de los aficionados que medio llenaron las gradas del inmueble lanzaron un mensaje demoledor: el grito de ¡putos! llegó para quedarse. Poco les importa a ellos y a muchos más que la cuestionada FIFA llegue al extremo de cerrar al público los estadios mexicanos previo pago de un rosario de multas.
No es de extrañar tan cerril actitud. Apenas este miércoles el internacional Andrés Guardado, jugador del PSV holandés, minimizó la importancia del grito y lo enmarcó en el folclore y la cultura nacionales. Lo mejor de todo es que ese jugador hace parte de la campaña lanzada por la Femexfut para erradicar las expresiones homofóbicas de los campos de futbol del país.
Tampoco es para sorprenderse que un futbolista caiga en semejantes incoherencias. Vaya, que Guardado no es el difunto Johan Cruyff, que era un tipo inteligente dentro y fuera de la cancha. Es infumable que Guardado se permita esos lujos. Deberá tener presente que "el que se lleva, se aguanta". El ejemplo que da apoyando a esa caterva de ultras habla de quién es como persona, de cuáles son sus valores y sus niveles de tolerancia.
Vuelvo a un punto que traté en otra columna bloguera: si se vale decirle ¡puto! al arquero rival cada vez que patea de puerta, igual puede aplicarse tan delicada medicina a las porteras, que pasarán a ser ¡putas! cuando realicen ese golpeo de balón. No más que habrá que ver entonces las caras de los hijos de esas madres al oir semejante grosería. ¿Y los esposos? ¿qué harán? ¡reirán la gracia para tomarse una chela con el salvaje de turno?
Por esa regla de tres el bullyng que se extiende como un cáncer por los centros educativos mexicanos, privados y públicos, deberá ser celebrado también como expresión de los usos y costumbres de una nación tan moderna como la nuestra. Ahí está en las redes lo sucedido en el Estado de México. Una niña indefensa es bañada con refrescos por sus compañeritas mientras las maestras gozan el infame espectáculo.
Ambas actitudes están unidas por la brutalidad, por el abuso hacia el débil. Creo que este país merece otro tipo de ciudadanos. Lo contrario nos lleva a la barbarie.
martes, 29 de marzo de 2016
Putos (3)
Empujada por la FIFA, la Femexfut inició una campaña contra los gritos homofóbicos que proliferan en los estadios de futbol cada vez que el portero rival saca de puerta. El ¡puto! retumba sin piedad y sin que nadie se altere. Lo gritan por igual hombres, mujeres y niños, que no tienen empacho en decir a quien quiera oir que esa falta de respeto hace parte del folclore nacional,de los usos y costumbres. Y se quedan tan anchos.
Ya la Femexfut fue multada hace dos años, pero nada cambió. La cosa ha ido tomando otro cariz y esta noche, frente a Canadá, sabremos que tanta mella hizo en la afición la incipiente campaña lanzada a regañadientes por los impresentables directivos del futbol nacional. A tenor de las reacciones escuchadas este martes en diferentes medios radioelectrónicos parece obvio que el tal grito de odio seguirá escuchándose en los estadios del país.
El paso siguiente será una cascada de sanciones que podrían incluir hasta el cierre de los campos donde se produzca ese compartido insulto dedicado finalmente a quien es diferente. Asombra escuchar a un padre de familia acompañado de su joven hijo (hoy en ESPN) defender a ultranza tan odiosa actitud. Faltó preguntarle qué haría si los amiguitos de su hijo le gritaran ¡puto! ¿Se reiría?
El siempre centrado y atinado crítico Roberto Gómez Junco dijo hoy en el programa Futbol Picante, conducido por José Ramón Fernámdez, que el único modo de dejar de oir ese grito en los estadios de futbol implicaría que muchos aficionados mexicanos necesitarían volver a nacer y educarse de otra manera.
Pero como eso es imposible seguiremos soportando a esos energúmenos (incluyo a no pocas aficionadas) que envilecen al futbol y a quienes van a disfrutar o a sufrir pacíficamente los avatares del juego. Es inadmisible que se defienda lo que está mal so pretexto de que hace parte de nuestro disfrute. Se necesita ser muy descerebrado para defender lo indefendible.
jueves, 24 de marzo de 2016
No se fue
Dicen que murió este Jueves Santo, que perdió la guerra contra el cáncer de pulmón que le fue descubierto en octubre pasado, que ya no levantará polvaredas con sus provocaciones, que su llama se apagó para siempre. Lo mismo dijeron de García Márquez cuando se fue a pasear, también en Jueves Santo. No hagan caso, los colegas hacen esas malas pasadas para vender más. Son puras patrañas.
Es imposible que gente así muera. Un tipo como Johan Cruyff es inmorible, incombustible, por más que fumara y echara humo cual si fuera chimenea. Es verdad que no perdonaba fumarse sus Camel sin filtro antes, durante y después del juego. Es verdad que no entendía de límites, que hizo del futbol un juego para gozar, no para sufrir.
Todo es verdad contrastada e inamovible. El llamado "holandés volador" nació en casa humilde. Su padre murió teniendo él doce años. Su madre se fajó lavando y planchando ropa ajena mientras Johan echaba cascaritas con su pandilla en los suburbios de Amsterdam. Contaba el genio que ahí aprendió los fundamentos primigenios del futbol. Flaco irredento, desarrolló la habilidad necesaria para eludir las desesperadas patadas de sus rivales. Desde entonces comprendió que el futbol era arte y gozo, no sacrificio y sufrimiento.
El chamaco tuvo la suerte de cruzar su vida, sus pasos y su concepción futbolera con otro holandés loco, amante de la transgresión. Ese señor entrenaba a un equipo modesto llamado Ajax de Amsterdam. El imberbe Cruyff había acudido a un llamado del club que buscaba materia prima buena y barata.
Ese hombre que tiempo después inventó "la naranja mecánica" y el llamado "futbol total" se llamaba Rinus Michels. El destino de ambos quedó encadenado sin remedio. Michels era el cerebro e hizo que el joven y flacuchento Cruyff fuera su extensión en el terreno de juego. Ese concepto fue desarrollado y perfeccionado por el joven futbolista cuando llegó a entrenar al Barcelona para convertirlo en el Dream Team del futbol mundial.
Ya para entonces Cruyff era el icono de los culés porque su paso por el equipo como jugador transformó el sino de un equipo incapaz de sacudirse la pesada sombra del todopoderoso Real Madrid, "el equipo de Franco", como era conocido en aquellos duros tiempos dictatoriales. Cruyff adoptó la piel catalana y siempre defendió el derecho a ser catalán.
Llegó a ganar mucho dinero y también se dio tiempo para perderlo, hasta que su esposa estampó su mano sobre la mesa y le anunció que ella se encargaría de las finanzas. Cruyff aceptó, faltaría más, y comenzó una nueva vida con su mujer como eje referencial y reverencial.
Revolucionó el futbol profundizando los conceptos aprendidos de Michels. No se limitó a gozar la cancha; fue capaz de meterse en los despachos para reclamar aumentos salariales a sus compañeros. Lo hizo como jugador y también como entrenador.
"El futbol es como la vida. Tienes que ser capaz de ver, de pensar, de ayudar a los otros. Finalmente el futbol es así de simple", declaró hace unos años después de sufrir una crisis cardíaca.
Esta mañana paseaba en la playa de Progreso (Yucatán) con mi colega y amigo Fabrizio León, jornalero de hueso colorado que se ha embarcado en una aventura llamada La Jornada Maya, con sede en Mérida. Bajo un sol de justicia unos chamacos descalzos echaban una cascarita ajenos a contingencias ambientales y muertes imposibles.
En medio de la improvisada cancha un tipo de cabello blanco tocado con una bien planchada guayabera color naranja, daba instrucciones a la chamacada. Le dije a Fabrizio que era Cruyff, que le hiciera una foto. Incrédulo, me miró para mascullar: "Patrañas".
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