Josetxo Zaldua. Escribo desde la embajada de Corea del Sur en México. Vine para decirles a nuestros hermanos asiáticos que aquí estamos para lo que se les ofrezca, que los mexicanos somos agradecidos más allá de nuestras hipócritas formas que nunca son fondo. En fin, vine para que trasladen a sus jugadores y pueblo en general que nos han salvado de la depresión generalizada que tanto nos gusta, del "ya merito", de toda la retahíla de lamentos que nos hace felices porque escondemos nuestros complejos y frustraciones. Gracias a los surcoreanos hoy somos más felices que ayer. Lo demás ya es lo de menos.
Bromas aparte, el Tri nos mostró hoy la cara previa al mundial. Equipo vacío de ideas, sin timón, desganado, mantequilloso en defensa, timorato en el medio campo y ausente en el ataque, los suecos no se hicieron los suecos y pasaron como rodillo sobre los, hoy sí, ratones verdes.
En el camino quedó la orgullosa Alemania, la derrotada campeona de Brasil 2014. Del cielo al infierno en la contienda rusa, siempre Rusia, como en la II Guerra Mundial. Pero esta vez no fue el invierno quien los derrotó, como a Napoleón, ni el Ejército Rojo, como a Hitler. Hoy era verano y en medio de un calor sofocante once menudos futbolistas asiáticos decidieron jugar por su honor y por el Tri.
Hace unas horas el presidente Peña Nieto lanzó un tuit felicitando a la selección por su pase a octavos de final. Le respondí diciendo que a quien había que felicitar también era a los coreanos porque sin su victoria estaríamos fuera. Supongo que el trajín electoral lo tiene más que ocupado y a sus asesores de imagen el talento no les alcanza para tanto.
En un rato más sabremos quien será el próximo rival. A partir de ahí cada fanático tendrá que encomendarse a la santa o santo de su devoción para que en ese envite el Tri presente su cara más bonita.
Pero hoy, neta del planeta, todos somos coreanos.